divendres, 4 d’agost de 2017

Homenatge a una generació de valents.

Fa temps que volia escriure en homenatge a la generació que m'ha precedit: la generació de la meva mare, que als 10 anys va anar a treballar a Can Corrons; de la meva sogra, que als 8 anys ja segava pels camps de la Manxa; del meu pare, que als 14 ja treballava a l'Alumini; del meu sogre, aprenent de pastisser des dels 13... Una generació que no va tenir ni infància ni adolescència ni joventut, que va néixer en un país destrossat, ple del fred i la fam de la postguerra. Nascuts aquí o vinguts per centenars de milers des de tota Espanya, units pel mateix esperit de supervivència i per la voluntat de ferro que els seus fills i les seves filles, que nosaltres, mai mai mai passessin pel que ells i elles van haver de passar. Centenars de milers de persones de 70 i molts anys en amunt, centenars de milers d'herois i heroïnes valentes, indestructibles, imprescindibles... injustament anònimes.

La setmana passada va morir el pare d'un amic, Rafa Bellido, que vivia a Cerdanyola. Dilluns, al seu funeral, Rafa Bellido fill va homenatjar a Rafa Bellido pare amb les paraules que segueixen. Les he volgut compartit perquè diuen exactament el que volia dir: admiració i homenatge a una generació de valents.
Rafael Bellido Dueñas. Osuna (Sevilla), 1933 - Cerdanyola, 2017.

Papa, te echaremos tanto de menos. Ahora se acumulan los recuerdos, y cuesta ordenarlos. Pero seguro que todos irán sedimentando en las diversas estanterías del corazón de tus seres queridos. Ordenar los momentos de una Vida nos interpela a organizarlos cronológicamente. 

Primero con aquellas escenas que nos explicabas de tu pueblo natal, Osuna, provincia de Sevilla. Aquella infancia de carestía, donde la sociedad estaba devastada tras la guerra civil. La presencia de la represión no limitaba tu capacidad de seguir adelante y ayudar a tus padres y hermanos.   Recuerdo como nos explicabas la necesidad de acudir al estraperlo para huir del hambre.  Hambre de la que sólo se podía huir si eras más veloz que ella pedaleando con tu bicicleta a lo largo de aquellas carreteras rurales.  Recuerdo como nos decías que en la escuela sólo podías estar hasta los 12 años, y que luego ya te obligaban a entrar en el mundo laboral.  Una sociedad donde no existía la adolescencia, y de inmediato te habías de convertir en una persona mayor.   

Con que ilusión nos explicabas como empezaste a conocer el oficio de albañil, profesión a la que dedicaste tanto esfuerzo durante los años de tu vida laboral. Recuerdo como rememorabas el momento mágico que conociste y te enamoraste de mi madre, y la promesa de reencontraros después de prestar el servicio militar.  Recuerdo como describías el mar la primera vez que lo contemplaste, de camino al cuartel de Tarifa.  En la distancia, creías ver un estrecho de Gibraltar lleno de veleros blancos, cuando luego más cerca percibiste que en realidad era la espuma de las olas que rompían en el mar.  Finalizada la mili, la marcha con tus padres a Sevilla capital, y como más tarde, siguiendo a mi madre, realizaste el viaje más importante, la emigración a Catalunya.  

Vuestros primeros años en las laderas de Montjuic y del Poble Sec, en aquel barrio de autoconstrucción habitado por tantas personas honradas que luchaban por hacer progresar sus familias, y levantar a una comunidad aún convaleciente de la guerra.  El piso de l’Hospitalet, que fue el de mi tierna infancia y como después decidiste con mi madre venir a vivir a Cerdanyola, a residir en una vivienda de una edificio que estabas construyendo.  En toda tu vida te he visto feliz, afrontando con ingenio y perseverancia los momentos complicados, y disfrutando con la familia de los momentos dulces.  Aquí, en Cerdanyola, disfrutaste en plenitud muchos de los sueños que llevabas dentro de tu maleta y que te impulsaron a venir desde Andalucía. 

Creo que debemos tener presente a personas como mi padre, que representan una generación que poco a poco se está apagando, discretamente, sin hacer ruido, como era el caràcter de ellos. Las personas que levantaron un país desde los andamios, desde las zanjas, desde el barniz, desde los tendidos eléctricos o desde la maquinaria de los talleres y fábricas.  Una generación, repleta de profesionales virtuosos de los oficios manuales, autoformados en la exigente Universidad de la Vida, porque antes habían sido todos forzados a marchar de unas escuelas publicas que agotaban el circuito formativo cuando aún eran niños. Fueron las víctimas directas de la terrible onda expansiva que supuso el asesinato de la  República. Muchos de ellos fueron repúblicanos sin ni siquiera saberlo, porque albergaban los sueños de un país libre. Recuerdo cuando a veces yo estudiando de noche para prepararme un examen, escuchaba la puerta de casa, porque mi padre se iba a trabajar a la obra.   Buena parte del bienestar de los que nacimos después proviene de las múltiples puertas que se abrían al amanecer en el sinfín de los barrios, de los padres que marchaban a la intemperie o a trabajar bajo el techo de una fábrica. 

Tuviste la suerte de tener una jubilación tranquila, de poder querer intensamente a mi madre, de ver envejecer a tus padres, crecer tus hermanos e hijos, y la llegada de tus nietos.

El verano pasado estuve en el pueblo de Osuna. Reseguí el itinerario de los lugares que eran especiales para ti. La casa en que viviste de pequeño, el portal donde mi madre y tú os disteis el primer beso, las plazas y los campos donde jugabas en la infancia o la imagen del Cristo Nazareno de la Iglesia de la Victoria por el que sentías devoción. Así te rendía homenaje y respeto.  La vida de una persona está compuesta de geografías, donde tus seres queridos te recordarán siempre.   

Decían los antiguos romanos que en tiempos de guerra, los padres entierran a los hijos. Y en tiempos de paz, son los hijos los que entierran a los padres.  Aunque enterrar a un padre responde a las leyes de la biología, el dolor pertenece a la geología. Es un dolor profundo, que se filtra por las cavidades, por las placas tectónicas del corazón hacia el magma. Debemos agradecer tantas muestras de cariño estos últimos días por parte de tantas personas que lo querían. 

Antes de finalizar, dejadme compartir con vosotros una pequeña reflexión. A los romanos debemos también el origen de la palabra recordar.   Proviene de la unión de dos palabras:  re   cordis. Que quiere decir; volver a pasar por el corazon.  Ellos lo sabían. En realidad, la biblioteca de la memoria no reside en el cerebro, sino en el corazón.  Por eso, aquello que hagas con el corazón, no lo olvidarás nunca.   Mi padre hizo tantas cosas con el corazón, que los que le conocimos y disfrutamos, le tendremos presente siempre.