dimecres, 16 de novembre de 2016

"Trump: ¡se veía venir!". José Ignacio Gómez Faus, La Vanguardia, 14/11/2016.

Llegeixo sovint a José Ignacio Gómez Faus. És un capellà jesuïta, nascut a València l'any 1933, que escriu sovint en diversos mitjans, des del blog Cristianisme i Justícia (un dels meus "blogs de capçalera") fins a La Vanguardia. Justament, copio aquí un article publicat en aquest diari el 14/11/16, amb motiu de la victòria inesperada de Donald Trump a les eleccions presidencials dels Estats Units, però que va molt més enllà d'aquesta victòria. Una reflexió que comparteixo, i que per això comparteixo.

Foto extreta d'aquesta entrevista a Religión Digital.



"Se veía venir. Y de no haber sido por el voto de muchas mujeres y de muchos latinos, la victoria de Donald Trump habría sido aún mayor. ¿Cómo no lo vimos?

Sospecho que porque no queríamos ­verlo. Hace años se hablaba ya de “el fascismo que viene” (véase La Vanguardia, 11/VIII/2003, pág. 14). La reciente aparición por todo el mundo de extremas derechas racistas y sociales (no olvidemos que el nazismo también se llamó nacionalsocialismo) tampoco nos abrió los ojos. Y así ha llegado la sorpresa de encontrarnos con el Lobo en la cama de Caperucita.

Sin poder predecir qué va a pasar, cabe al menos analizar las causas de lo que ha pasado. Destacaré dos.

1) La mentira de la derecha. La victoria de Trump desvela que capitalismo y democracia se contradicen: sin democracia económica no puede haber democracia política, por más que durante decenios nos hayamos querido engañar, aprovechando que la amenaza de la URSS obligaba al lobo a disfrazarse de abuelita. Pero la realidad es que el capitalismo es intrín-
secamente individualista mientras que la democracia es esencialmente comunitaria. La realidad es que el “yes we can” de Obama ha acabado pareciéndose mucho más a un “no we can’t”. Porque el verdadero poder no lo tienen las entidades políticas, sino instancias económicas que sus-
tituyen la democracia por la plutocracia.

Dos factores han ido poniendo de relieve esta verdad. Primero la globalización. Según el Nobel de Economía R.M. Solow, la globalización “es una maravillosa excusa para muchas cosas”. Y hemos acabado viendo que el derecho a moverse libremente no lo tienen las personas, sino los activos financieros. Que con Wall Street, o la City, conviven el canal de la Mancha, Lesbos, Idomeni o un Mediterráneo lleno de cadáveres. Y que la supuesta “aldea global” era sólo para los billetes, mientras se convertía en una intemperie global para muchas personas.

Ello desveló un segundo factor: en el capitalismo, los derechos del hombre han acabado convirtiéndose en derechos del dinero. Habrá miles de millones para rescatar un banco que se cae, pero apenas hay un euro para sostener a personas que se hunden (o a las que estamos hundiendo nosotros mismos). “Las cien personas más ricas de España acumulan una fortuna equivalente al 18% del PIB”, y a Rajoy se le llenará la boca de “igualdad”… pero sólo cuando hable de Catalunya. Las reivin­dicaciones sociales son desautorizadas olímpicamente como “populismos”, sin que acabemos de saber qué significa esa palabra. Nos hemos engañado diciendo que las cosas eran lo que debían ser y no lo que realmente estaban siendo: aseguramos que “hemos superado la crisis”, dejando por si acaso un hipócrita “aún queda mucho por hacer”, que nunca precisa qué es eso que está por hacer, porque en realidad se trata de apretar más el cinturón de los pobres.

Al final cosechamos lo que veníamos sembrando hacía tiempo.

Y hoy se reivindica aquella verdad pi­soteada, cuando Donald Trump saca consecuencias que nos asustan, no de nuestras palabras, sino de nuestras conductas.

2) La prostitución de la izquierda. Las izquierdas acabaron tragándose esa mentira y pactando con un sistema que habla de “prosperidad” cuando se trata de los ricos y de “austeridad” cuando se dirige a los pobres, y que va desmontando el Estado de bienestar, “sin prisas pero sin pausas”. Se concentraron en lo que antaño llamé “izquierda de cintura para abajo”, con lo que acabaron dando a las derechas un taparrabos moral con que cubrir su vergüenza: caso, por ejemplo, del “derecho al aborto”, y quede claro que hablo de derecho, no de despenalización). Se travistieron en izquierda burguesa, en vez de izquierda social: lo que otra vez llamé izquierda-Voltaire en lugar de izquierda-Marx. O se entretuvieron en colar el mosquito del lenguaje y tragarse el camello de la justicia, olvidando las viejas palabras de Jesús: “Esto habría que hacer, aunque sin olvidar lo otro”. Desconocieron la exigencia de una civilización de la sobriedad compartida como única salida posible para nuestro mundo. Y han pagado también el precio de su autoengaño: hoy se encuentran en profunda crisis, incapaces de aparecer como alternativa, fallando en sus análisis sociales y peleándose entre ellas como verdaderas verduleras de mercado.

PD.: Una última observación: ha causado sorpresa en las elecciones norteamericanas el aparatoso error de las encuestas (¡que no era el primer caso!). Soy personalmente enemigo de esas encuestas porque me da la sensación de que, a una buena parte del público, no le informan sino que le condicionan el futuro. Quizá por eso, en lugar de argumentar que “por causa de la crisis les ha faltado dinero para hacerlas mejor”, habría que preguntar si no será que los ciudadanos han decidido sistemáticamente mentir en las encuestas. No estoy seguro de esta hipótesis, pero creo que valdría la pena considerarla seriamente.

En cualquier caso la pregunta que nos escupe Trump a la cara es esta: ¿acabaremos siendo honestos con la realidad o preferimos seguir engañándonos?"