diumenge, 12 d’agost de 2012

Europa, 2/2: "Por un cambio de rumbo en la política europea". Jurgen Habermas i altres, El País, 12/08/12.


Recomano la lectura d'aquest article del filòsof alemany Jurgen Habermas i dos col·laboradors, l'entradeta del qual ja indica clarament el seu contingut: Dos de los más influyentes pensadores alemanes y un prestigioso economista cuestionan las estrategias para salvar al euro. El darrer paràgraf de l'article, recollit al final també en cursiva i negreta, és una conclusió que comparteixo plenament.

És un article molt llarg que podeu llegir directament d'El País aquí. En destaco alguns fragments, que crec que destaquen la importància del moment històric que vivim:

La crisis del euro refleja el fracaso de una política carente de perspectiva. Al Gobierno alemán le falta el valor para superar un status quo que se ha hecho insostenible. Esa es la causa de que, a pesar de amplios programas de rescate y cumbres sobre la crisis que a estas alturas ya son casi incontables, la situación de la Eurozona haya empeorado continuamente a lo largo de los dos últimos años.
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No obstante, la justificación de dar un gran paso hacia la integración no deriva únicamente de la crisis actual de la Eurozona, sino también, y en igual medida, de la necesidad de, mediante una autocapacitación de la política, volver a meter en cintura el desorden del fantasmal universo paralelo que los bancos de inversión y fondos de riesgo han construido al lado de la economía real, productora de bienes y servicios.
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Una potencia económica tan grande como la UE, o incluso al menos la Eurozona, podría adoptar una función de vanguardia a este respecto. Solo con una profundización clara de la integración puede mantenerse una moneda común sin que se requiera una inacabable cadena de medidas de auxilio que, a largo plazo, desbordarían la solidaridad de los Estados europeos de la Unión Monetaria tanto por parte de los países donantes como de los países receptores. Sin embargo, para ello es inevitable una transferencia de soberanía a las instituciones europeas, con el fin de imponer de forma efectiva la disciplina fiscal, garantizando además un sistema financiero estable. Al mismo tiempo se requiere una coordinación reforzada de las políticas financieras, económicas y sociales de los países miembros, con el objetivo de compensar los desequilibrios estructurales en el espacio monetario común.
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El agravamiento de la crisis muestra que la estrategia impuesta hasta ahora por el Gobierno alemán se basa en un diagnóstico equivocado. La crisis actual tampoco es una crisis de deuda específica de Europa. En comparación con los espacios económicos de EE UU y Japón, el de la UE —y dentro de la UE, la Eurozona— es el menos endeudado. La crisis es una crisis de refinanciación de determinados Estados de la Eurozona, que en primer término se debe a un insuficiente aseguramiento institucional de la moneda común.
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La escalada de la crisis pone de manifiesto que los enfoques que hasta el momento se han ensayado para solucionarla han sido insuficientes. Por tanto, hay que temer que la Unión Monetaria, sin un cambio fundamental de estrategia, no sobrevivirá largo tiempo en su forma actual.
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De hecho, esta política debilita la capacidad económica e incrementa el desempleo. Hasta ahora, los países con problemas —pese a una política de ahorro extraordinariamente estricta en una comparación internacional y a múltiples reformas estructurales— no han conseguido limitar a un nivel tolerable sus costes de refinanciación. Los desarrollos de los últimos meses, por tanto, apuntan a que el diagnóstico y la terapia del Gobierno alemán fueron excesivamente unidimensionales desde el principio. La crisis no es atribuible en exclusiva a que los países hayan actuado de forma equivocada, sino, en gran medida, a problemas sistémicos. Y estos no pueden solucionarse mediante esfuerzos en el plano nacional; requieren una respuesta sistémica.
...Solo hay dos estrategias coherentes en sí mismas para solucionar la crisis actual: el retorno a las monedas nacionales en toda la UE, que expondría a cada uno de los países a las oscilaciones imprevisibles de unos mercados de divisas altamente especulativos, o el afianzamiento institucional de una política fiscal, económica y social común en la zona euro, con el objetivo ulterior de recuperar la perdida capacidad de acción de la política frente a los imperativos de los mercados en el plano transnacional.
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Si se quiere evitar el retorno al nacionalismo monetario, así como una crisis permanente del euro, debe darse ahora el paso que se omitió al introducir la moneda común: poner las agujas apuntando a la vía de una unión política, en primer lugar en el núcleo europeo de los 17 países miembros de la Unión Monetaria Europea.
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Mientras los Gobiernos no digan a las claras qué es lo que, de hecho, están haciendo, seguirán vaciando aún más los débiles fundamentos democráticos de la Unión Europea. El grito de batalla de la lucha por la independencia de EE UU (“no taxation without representation” [ningún impuesto sin representación) encuentra hoy una inesperada lectura: tan pronto como creemos en la Eurozona el espacio para políticas con efectos redistributivos que trasciendan las fronteras nacionales, deberá haber también un legislador europeo que represente a los ciudadanos (directamente por encima del Parlamento Europeo e indirectamente sobre el Consejo) y que pueda decidir respecto a esas políticas.
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Los pueblos tienen la palabra En cualquier caso, la memoria histórica de la unificación del imperio alemán, impuesta dinásticamente a numerosas zonas del país, debería servirnos como advertencia. Los mercados no pueden ser ahora aplacados con constructos complicados y poco transparentes mientras los Gobiernos aceptan en silencio que se eche sobre sus pueblos un poder ejecutivo emancipado.
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La profundización, hoy necesaria, de las instituciones podría ser regida por la idea de que un núcleo europeo democrático ha de representar a la totalidad de los ciudadanos de los Estados miembros de la Unión Monetaria Europea, pero a cada uno de ellos en su doble cualidad de ciudadano directamente participante de la Unión reformada, por un lado, y, por otro, como miembro indirectamente participante de una de las naciones europeas participantes.
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Por primera vez en la historia del capitalismo, una crisis desencadenada por el sector más avanzado, la banca, podría ser atajada únicamente de forma que los Gobiernos pusieran a sus ciudadanos en el papel de contribuyentes que pagan los daños originados. Con esto se ha traspasado un límite entre procesos sistémicos y procesos propios del mundo de la vida. Y eso es algo que, con razón, indigna a los ciudadanos. El tan extendido sentimiento de justicia vulnerada se explica por el hecho de que, en la percepción de los ciudadanos, procesos anónimos de los mercados han adquirido una dimensión política inmediata. Este sentimiento se vincula a la ira, abierta o contenida, que causa la propia impotencia. A él debería oponérsele una política orientada a la autocapacitación.
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También las proyecciones estadísticas auguran a Europa el destino de un continente de población menguante, peso económico decreciente e importancia política en disminución. Las poblaciones europeas deben aprender que, en este momento, solo de forma conjunta pueden afirmar su modelo de sociedad apoyado en un Estado social y la diversidad de Estados nacionales de sus culturas. Deben aunar sus fuerzas si quieren seguir siendo influyentes en la agenda de la política mundial y en la solución de los problemas globales. La renuncia a la unificación europea sería una despedida de la historia mundial.