dissabte, 30 d’octubre de 2010

Celia, Marcelino, la Vida no se os fue, que quedó en todos nosotros.

 
No quiero ser extranjero de vuestras causas, de vuestras luchas, de vuestros sueños, de vuestras palabras, de vuestra historia. Quiero ser heredero de todas ellas. De Celia la guerrillera, muerta anteayer, de Marcelino el sindicalista, muerto hoy, de aquella generación a la vez de hierro y de ternura, que hizo frente a la guerra, a la miseria, al dolor y a la tortura para que nadie detrás suyo sufriera ni muerte, ni miseria, ni dolor, ni tortura. Supongo que la indiferencia de millones causa hoy más frialdad que la de aquellas noches en el monte de Celia o en la cárcel de Marcelino. Pero esos millones de indiferentes, jóvenes, adultos o viejos, os deben sin duda que su vida sea infinitamente mejor que la que habrían tenido sin vosotros. Aunque no lo sepan. Aunque se sonrían para sus adentros pensando quién sabe qué sinsentido.

Nos faltáis, Remedios, Marcelino. O nos falta tal vez la causa profunda que hizo de vuestras vidas una pasión a prueba de todo en favor de la libertad y de la justicia. Lo llamábais comunismo y su solo nombre movió a millones para intentar cambiar el mundo de base, para que los nada de hoy todo tuvieran que ser, para dar su vida generosamente por ello. Tan grande fue su fuerza entre vosotros como el desánimo entre muchos que sufrieron la vida gris que, años después, veríamos en "La vida de los otros". Pero subsisten, Remedios, Marcelino, miseria y dolor para millones de personas, hoy huérfanas de la pasión que os movió y os hizo crecer como gigantes. Nos faltáis, Remedios, Marcelino, porque hay que construir respuestas viables y actuales para esos millones de hermanos, y habrá que hacerlo sin vosotros. Nos faltaís, Remedios, Marcelino, para hablarnos tal vez de lo que todo habría podido ser y aún hemos de hacer todo lo posible para que sea. ¿Cómo habría podido ser todo si la economía planificada hubiera garantizado pan y techo a los millones a los que extrajo de la miseria, pero no les hubiera dado tambén algo más de ropa y algún televisor sin haber de aguardar años y años, sin haber de callar frente al culto de mediocres personalidades, si su realidad nos hubiera seguido seduciendo? Huérfanos de alternativas frente a la economía de mercado, ésta se va creciendo y, con poca gente ya como vosotros, compañeros, por primera vez nos cierne la amenaza de un futuro que, por no contar con una pasión solidaria y arrolladora que lo dignifique, será probablemente peor que el presente que construísteis con vuestras vidas. Nos sobran discursos contra vuestras ideas, nos faltáis para testimoniar su dignidad con vuestros ejemplos.

Vuestras vidas, Remedios, Marcelino, se han consumido en su novena y fecunda década. Como la de tantos que os acompañaron y precedieron. Héroes anónimos, como la señora Teresa, ya muerta, cuya madre cantaba en su pequeño pueblo de Cuenca, las Pedroñeras, esa canción que me cantó emocionada. Junto a ella, la madre de mi suegra, embarazada de la madre de mi esposa, tras la victoria del Frente Popular en febrero de 1936, recorrió en la Castilla profunda sus calles con vuestra/nuestra bandera roja, con vuestra/nuestra bandera tricolor, cantando en voz y con puño en alto que España debía salir para siempre del pozo de su historia, para construir un futuro de libertad, igualdad y fraternidad. Aparentemente, su sueño se quebró unos meses más tarde. Aparentemente, Remedios, Marcelino, vuestra larguísima lucha, casi desconocida por tantos que debieran agradecerla, se quebró unos lustros más tarde.

Pero los hechos están ahí para ver que vuestro esfuerzo ha florecido en vida mejor para todos y en continuidad en vuestros sueños para muchos. Con incertidumbres, con desánimos, pero con vuestra misma meta. Como decía vuestro/nuestro compañero Miguel Núñez, un mundo en que para todos haya pan y rosas.

Aunque la traducción no es la que vosotros cantabáis, Remedios, Marcelino, vaya por vosotros el himno por el que distéis la vida. Que no se os fue, que quedó en todos nosotros.